Mandela, ese hombre

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Imagen El apartheid fue para nosotros y nosotras, una generación empecinadamente implicada en la transformación de un mundo que se nos antojaba injusto, algo más que una palabra difícil de pronunciar y mucho más complicada de digerir.

     El mundo, el más próximo, el más lejano, todos eran injustos. Lo eran, sin duda. Lo siguen siendo. Sólo mi naturaleza optimista me impide percibir que en muchos aspectos  esos mundos han empeorado, desde que a mis dieciséis años, vendía (con otros compañeros y compañeras) chapas en la calle Corrientes, en la puerta del San Martín, para colaborar con las campañas contra el racismo en Sudáfrica.

     ¡Si habrá llovido! Lluvia ácida. Sobre todo en Sudamérica, ese casi continente en el que ni sospechábamos la peor tormenta que nos iba a caer, que nos iba a calar los huesos de por vida.

     En Sudáfrica, país grande, rico y prometedor (para la minoría blanca que era dueña de vidas y haciendas), hubo mucha gente, de la única raza conocida: la humana, que luchó contra ese monstruo que suele apoderarse de algunos. El que los hace creerse superiores, poseedores absolutos de todo lo conocido.

     Las cárceles de Soweto, de Pretoria, de Ciudad El Cabo, de Johannesburgo, se llenaban de gente. Muchos negros, algunos blancos, defendiendo la misma causa. Keith Haring pintaba sus grafitti anti apartheid en las calles de Nueva York, antes de que el establishment  lo elevara a la categoría de icono del arte contemporáneo, y el SIDA lo inmortalizara en plena juventud.

     Un amigo belga, rubio y de ojos azules, padeció las consecuencias de defender su sentido de la justicia. Sufrió cruentas torturas en su detención por participar en aquella lucha y cuando salió de la cárcel, en un estado indescriptiblemente inhumano fue insultado y apedreado por un pequeño grupo de población negra con el que se encontró por azar. Era los que los bóers llamaban “basura blanca” y lo que los negros podrían confundir con un bóer. Me contó esta historia con los ojos llenos de lágrimas. Estaba sucio, fue vejado de todas las maneras posibles, había permanecido fiel a sus principios pese a los atropellos, y un grupo de desconocidos lo juzgaba sólo porque era blanco. Relató que se dejó caer en la acera, aplastado por sus dolores, y les grito en zulú, la mayoritaria de muchas lenguas sudafricanas: “Yo soy de los vuestros. Soy uno de vosotros, demonios. Yo soy vosotros.

    Hijo de un funcionario belga, se había criado en el Congo. Conocía de sobra lo que es capaz de hacer el ser humano en su condición más despiadada.

     Mi amigo Alain, escribió la primera biografía en francés para niñas y niños sobre Nelson Mandela, hace bastantes años. Una verdadera joya editada por UNICEF (totalmente agotada), que siempre insisto en que tiene que relanzar; quizás ahora sea el momento.

     Porque Mandela, fue, más que un hombre, un símbolo de esa batalla constante contra la imbecilidad, contra el despropósito, contra la ignorancia, contra la altivez de los poderosos. Mandela representa a miles que murieron en esas luchas, en todas las luchas (recuerdo Les damnés de la terre, de Frantz Fanon); ese dedo de David apuntando a un Goliat que, desgraciadamente, muere y resucita sin tregua.

 

     Quería recordar a Nelson Mandela, sin menoscabar ni un ápice su inmensa estatura mortal, pero trayendo a la memoria a miles, a millones de seres humanos obstinados en que el mundo sea un sitio más amable, y que han sido, y siguen siendo dondequiera, víctimas de los hacedores de apartheids. Muros de cemento, guantánamos, gulags, campos de concentración, o quemas en las hogueras. Siempre ha habido necesidad de pelear. Por más que se llenen la boca de palabras huecas sobre la no existencia de la lucha de clases y el fin de las ideologías los Goliatcitos de turno.

     Honramos, honro a Nelson Mandela porque él honró la vida. Honro a miles se seres anónimos cuyos huesos aún permanecen en las cunetas de la no historia. De esa historia que tendremos que rescribir y aceptar todas y todos, para que en esta tierra se respire un aire más puro, más limpio, más saludable.

Luz Darriba

 

Monstruos

Este relato fue escrito originalmente en galego y luego reescrito en castellano. En gallego será editado por el Exmo. Concello de Lugo, junto con otros relatos ganadores del Premio Anxel Fole.

 

Monstruos

 

Mil novecientos setenta y cinco fue un año decisivo en mi vida, y no sólo porque con quince tacos recién cumplidos me sentía totalmente habilitado para merendarme el mundo en rodajas, sino porque todo lo que sucedió a partir de aquel verano salvaje  -por la temperatura y otras cosas aún menos gratas–,  me marcó para los restos.

Mi viejo se había ido de casa, o más bien, mi vieja lo había echado, podrida como estaba de aguantarle todas las insensateces inventadas y no obtener ninguna gratificación a cambio. Mi hermano, cinco años mayor que yo, traía a la pobre por la calle de la amargura con esas incursiones en los grupos políticos, que según ella, estaban desestabilizando al país. Para ser más exactos, lo que a ella le preocupaba verdaderamente, el verdadero motivo de su angustia era que le pasara algo al Beto, tan joven y tan tremendamente boludo e idealista.

La gallega tenía diez años cuando estalló la guerra civil en España, pero era lo suficientemente despierta como para olerse la que nos iba a caer en picado en forma inminente. Para colmo, yo me había llevado ocho materias, como quien dice todo menos gimnasia (porque tenía al profesor engañado con mi supuesta vocación de docente de educación física), y plástica (porque me gustaba realmente), y la mujer no ganaba para disgustos. Yo creo, que haciendo de tripas corazón, y frente a la responsabilidad de pilotar solita aquella nave, me dio un ultimátum necesario: -¡O estudiás o trabajás!, y con rima y todo: ¡No hay vuelta atrás! Así que ante la tarea tan titánica como absurda de intentar salvar en un mes las ocho asignaturas que no había podido aprobar en un año, me puse a recorrer las calles en busca de un trabajo que tranquilizara a la vieja y me devolviera un cachito de la dignidad perdida.

Buenos Aires era la ciudad  más linda del mundo, o eso me parecía a mí que sólo había estado una vez en Mar del Plata (excursión de fin de curso de primaria) y ese constituía todo mi conocimiento sobre ciudades. Pero esa megalópolis de postal se estaba poniendo pesada, muy pesada, y no sólo porque las temperaturas batieran marcas aquel verano. Por todas partes aparecían personajes extraños conduciendo coches sin matrícula, armados hasta los molares, haciendo gala de la peor mala leche conocida, y el miedo se empezaba a pegar a la piel con mayor empecinamiento que la tan célebre humedad porteña. Yo era un enano, con cara de enano, por tanto, para mi fortuna, era ignorado por aquella troupe de desquiciados. En ese clima, y con mis cuatro certezas a buen recaudo, me lancé a patear las calles intentando detectar esos carteles: “se busca chico para los mandados[1]”, o alguna otra consigna por el estilo en la que encajaran mis modestas pretensiones y habilidades. Así llegué, al cuarto o quinto día de caminata, a una tienda enorme en el barrio de Caballito, que lucía espléndida uno de esos ansiados cartelitos. Era un lugar de difícil catalogación; incluso ahora que han pasado tantos años y lo recuerdo con precisión matemática, no puedo encontrar las  palabras adecuadas con las que describir aquel oscuro tugurio. Una casa de dos plantas, con un sótano en el que cabría todo mi vecindario, pero en el que no entraba ni un alfiler a presión, tal y como estaba, atiborrado de los objetos más estrambóticos que mis ojos hipermétropes hubieran visto jamás. El dueño era también, y como podría suponerse, un ser de difícil encasillamiento: de origen alemán, había nacido, como tantos y tantas en este enorme país que se nutrió de innumerables fuentes. Sin embargo, este germánico local, era todo lo germanófilo que se pueda ser, y eso, para un pibe de quince años que no entiende nada de política ni de repartos del mundo, sólo podía significar que el tipo era un cerdo explotador que tenía a sus empleados, a los que consideraba poco menos que basura cósmica, debajo de los horribles botines a los que era tan afecto.

Sven, que así se llamaba el susodicho, tenía tal concentración de defectos que podría reunir en sí mismo un compendio de los proyectos fallidos de dios: desagradable, desconsiderado, sucio, déspota, tacaño, y aburrido. Tenía una hija que intentaba ayudar al desenvolvimiento del negocio; una pobre chica a la que aterrorizaba con su sola presencia. Una joven poco agraciada, con una piel de textura jabonosa y una cabellera escasa y casi blanca pegada al cráneo, que jamás miraba a nadie a los ojos. Inmediatamente sentí pena por ella: nada menos que un renacuajo como yo, en futura posición de paria de la tierra. Es que yo pensaba, entre mi inconsciencia adolescente y la pequeña seguridad en mí mismo que había logrado acuñar a pesar de los pesares, que lo mío sería transitorio: saldría de esa nebulosa entre pésimo alumno, trabajador sin cualificación e hijo trasto; yo soñaba para mí un tiempo lejos de la miseria constante y los vaivenes de una sociedad enferma. Me tenía fe, aunque fuera incomprensible en esos momentos. Pero esa chica de piel transparente por la que podría recorrerse todo su mapa sanguíneo, esa chica de mirada difusa y dolorosa con ese padre imposible, no tenía, creía yo, ninguna esperanza.

Convivían además en el esperpéntico local las ocho horas reglamentarias  –y todas las que el cretino del dueño conseguía robarnos-, otras cuatro personas que podrían muy bien haberse escapado del casting de una película de serie B.

Un hombre de edad indefinible, bajito y rechoncho que iba detrás de Sven, abrillantándole los zapatos con la lengua, dos hermanas en la cuarentena que llevaban en el negocio media vida, y un viejo doblado en dos por el peso de los años y una patología de columna que avanzaba hasta el infinito. Un panorama desolador que no me arredró en absoluto en el momento de postular mi persona para conformar uno más del elenco estable de aquel mundo cercano al disparate.

Recuerdo que Sven me miró de arriba abajo buscando mis defectos físicos más ocultos, me interrogó como si fuera un prisionero y finalmente aceptó que me quedara, que podría a prueba mi capacidad de hacerme con el trabajo.

Lo que sucedió a partir de ese momento ha sido tantas veces objeto de estudio y reflexión por mi parte, que en ocasiones no lo relaciono con mi persona: es como si alguien me lo hubiera contado con todo lujo de detalles y yo lo hubiera embolsado en la memoria del mismo modo.

La tienda quedaba en uno de los barrios más populosos de la ciudad, en una calle secundaria, escondida del mundo. Y fue ahí, en ese sitio infame donde hice mis pinitos de supervivencia mientras el país se emborrachaba de vergüenza.

Al parecer había sido contratado -por decirlo de algún modo-, para traer y llevar paquetes, entregar mercancía y realizar pequeños diligencias, pero a los pocos días de haber cruzado aquella puerta bordada de telarañas, yo era el individuo en el que todo el mundo descargaba sus urgencias y miserias.

Lo que me iba a pagar el roñoso de Sven era tan ridículo, que caminaba todos los días unas veinte cuadras[2], para que el uso del transporte público no convirtiera en ruinoso mi intento de apuntalar la deteriorada economía familiar. El panorama que se me presentaba era más que desolador pero, por un lado, el ultimátum de la gallega iba en serio, y por otro, no tenía tantas ganas de gastar las suelas de las deportivas que me había regalado el Beto en mi último cumpleaños, para seguir buscando más posibilidades que nada me garantizaba que pudieran ser mejores. Además, debo confesarlo, ahora que el tiempo ha barrido tantas cosas: ese sitio despertaba mi curiosidad, seguramente malsana, pero curiosidad al fin.

El negocio en sí era una especie de rastrillo monumental en el que venían a converger, por diferentes y múltiples caminos, objetos de todo tipo que podríamos clasificar como inclasificables. Antigüedades, cosas viejas, “trangalladas”, que diría la gallega; objetos que podrían haber manado de un vertedero, y otros de una delicadeza, un estilo y un valor, que merecían un escaparate más apropiado.

Lo verdaderamente insólito era la proliferación de cajas, paquetes y bolsas, conteniendo quien sabe qué objetos: “la Biblia y el calefón”, compartiendo cartel, en absoluta armonía.

Al principio, cuando regresaba exhausto y sudoroso de atravesar a pie la ciudad porque el infame de Sven no me soltaba dinero para mis desplazamientos, me acercaba de a poco a curiosear la actividad de los demás. Sven daba órdenes o pegaba cuatro gritos y aquel pequeño ejército de infortunados gestionaba su parte entre la mugre. Yo me pegaba a cualquiera de ellos  -hasta que el nazi descubría mi ausencia de su campo visual-, y exploraba cada día nuevas derivaciones de aquella empresa, como que infinidad de piezas provenían directamente de la basura (opulenta aún, en esa época). Muchas, tenían un origen directamente ilícito, que no era otro que el hurto por encargo, y algunas, procedían de los desgraciados que en las diez de últimas intentaban vender hasta el rosario de la primera comunión, infortunio que el bicho de Sven aprovechaba en su beneficio.

Con frecuencia aparecían por el negocio unos individuos absolutamente impresentables, muy parecidos a los que circulaban en los Ford Falcon sin chapa[3], que traían y llevaban paquetes, de los que creo que sólo Sven conocía su contenido.

En cuanto el viejo me mandaba para el sótano, a mover cajas que duplicaban mi tamaño y mi peso, yo aprovechaba para hurgar como una rata en todos los rincones, con el fin de sopesar -por simple curiosidad-, qué demonios albergaban todos aquellos asquerosos paquetes. Así comencé a entender, que, como en la vida, las cosas más infames podían coexistir con la maravilla: ni más ni menos que la condición humana.

Como en cualquier momento el nazi podía notar que estaba tardando más de la cuenta e incluso bajar a buscarme -y descubrir mis incursiones en sus tesoros-, debía moverme con la plasticidad de un jaguar y la habilidad del gran Houdini, cosas ambas que por suerte iba adquiriendo con el paso del tiempo, junto con una molesta pelusa que se empecinaba en crecerme en la barbilla y otras urgencias físicas de las que no creo oportuno hacer comentarios. Además, había días en que Sven salía a perpetrar sus propios chanchullos, y otros en los que, emocionado por las oportunidades de concretar productivos negocios, se olvidaba por completo de mi presencia cada más indiscreta y  peluda.

Así fui encontrando una legión de soldaditos de plomo, con sus cañones y su caballería, unos increíbles juegos de porcelana inglesa, a los que pese a faltarles algunas tapas a las teteras o azucareras, o no completar el número reglamentario de servicios, eran en sí un prodigio, que aún un ignorante como yo reconocería sólo por el tacto. Quimonos de seda llenos de moho bordados con finísimos hilos de oro, jarrones chinos delicadamente decorados, tapices de gobelino, copas de cristal de bohemia que producían música al chocarlas suavemente unas con otras, espejos biselados, esculturas de ébano o tallas en marfil, más o menos enteras… Ignoraba yo de que gen relegado me venía esta ansia chatarrera pero lo cierto es que vivía fascinado por aquellas maravillas que me eran reveladas cada día, al punto de que había perdido la aprensión a trabajar en ese sitio, a aguantar al ejército de desdichados, a las órdenes del nazi, y a lidiar con la marabunta no sólo de diligentes hormigas, sino de todos los bichos vivientes que podían subsistir a base de cartones y suciedad.

De modo que cuando Sven se descuidaba y los zombis se afanaban en sus minúsculas empresas, yo me tiraba al sótano como quien se sumerge en un cálido mar de aguas transparentes.

Una de mis primeras decisiones en los reinos del sótano fue ir separando, como quien dice, la paja del trigo, o sea, la porquería de lo bueno, que en eso también me estaba especializando. Así, fueron cambiando de domicilio los platos de la Royal Albert, los huevos –rotos- de Fabergé con sus soportes, las pequeñas tallas de Carrara y las marionetas de Indonesia, para compartir alojamiento en unas cajas limpias y prolijas, que yo iba recauchutando cada día.

A medida que me iba familiarizando con esos tesoros, mi cabeza volaba a otros lugares, aquellos en donde quién sabe qué personas los habían creado. Y además de no dejar de sorprenderme con cada pieza iba también, sin la menor intención, estragando  buena parte de sus muchos atributos. Por ejemplo, unas preciosas figuras femeninas de porcelana china con unas partes delicadísimas e ínfimas tales como dedos, manos, trenzas o abanicos fueron, por obra y gracia de mi absoluta torpeza, convirtiéndose en lisiadas. Pese a que ponía el mayor cuidado del mundo al desenvolverlas o liberarlas de sus cajas, alguna parte de ellas se quedaba en mis manos, más diestras con la pelota que con las antigüedades. Romper la primera fue realmente traumático: sopesé el ser honesto y decírselo al nazi, esconderla, o pegarla con ese nuevo adhesivo que con una gotita sujetaba un rebaño de merinas a la cordillera de los Andes. Opté por esto último comprando el susodicho producto con mis modestos ahorros e intenté, con toda la habilidad de la que disponía, pegarle los minúsculos deditos a la especie de geisha de porcelana, pero sólo conseguí adherir los míos a ella con una fuerza tan inusitada, que la que tuve que oponer para retirar mi mano dejó al descubierto mis dedos en carne viva. No había vuelta atrás, así que oculté el delito y seguí con los recados del día, hasta que la curiosidad y la inconsciencia me llevaron nuevamente a revolver las maravillas del sótano, y así una y otra vez, y sin la menor voluntad, me fui cargando partes y partes de incontables y, en ocasiones, valiosas piezas.

Afuera, quiero decir, en el mundo exterior, el clima apocalíptico iba creciendo imparablemente. Mi vieja cada vez estaba más preocupada por mi hermano, y las sirenas de los coches sin matrícula se habían apoderado de la ciudad –y del país-, como si  fuera su coto privado de caza. Una banda de paramilitares dejaba muertos a granel en los descampados y en las cunetas, el gobierno se mostraba cada vez más frágil, y yo persistía en romper, uno a uno, todos los objetos importantes de la tienda de los horrores.

Mi relación con el particular grupo de compañeros y el jefe no había cambiado demasiado, aunque debo decir que en buena medida era debido a mi responsabilidad: no hacía nada por congraciarme con ellos. El hombre bajito se había convertido en una especie de embajador ante los tipos rudos que aparecían, cada vez más a menudo con paquetes descomunales, y progresivamente con menor pudor e interés por disimular su procedencia. Incluso portaban las armas a la vista, con la impunidad que sólo podía darles el infinito terror que infundían.

Las hermanas se diluían en el espacio, subsumiéndose la una en la otra, incapaces ambas de enfrentar la vida fuera de esa atalaya engañosa.

El viejo estaba dando los últimos pasos de su desgraciada vida, de hecho, al poco tiempo de huir de allí me enteré por el vendedor de diarios, que se había ido de este mundo con la misma discreción con la que arrastraba cada mitad de su cuerpo hasta casi juntarse con la otra. Yo, con la malignidad propia de la juventud, me pregunté como habrían hecho para desbloquearlo y meterlo en una miserable caja de madera.

La hija del nazi me había mirado una vez y hasta llegué a imaginar que sonreía dejando ver unos horripilantes aparatos de rectificación dental, lo que me llevó a poner en duda mi teoría sobre su imposibilidad de redención.

El nazi, ese sí que no tenía la más mínima alternativa de cambio: cada vez se sentía más feliz e integrado con las estructuras del nuevo país que se urdía en los cuarteles. A pasos agigantados, y como si hubiera estado esperando toda su vida para ser espectador de los desgraciados acontecimientos que nos lloverían desde el mismo infierno, iba ganando empaque y seguridad, proclamando sin vergüenzas sus repugnantes ideas, festejando por adelantado la victoria de los suyos.

Cada vez que lo veía detrás del mostrador, con sus bigotes pegajosos y sus tirantes ridículos, me ensañaba con mayor tenacidad con las pocas piezas que iban quedando incólumes.

Ocasionalmente, todo ese engranaje sutil que había montado con tanto esmero estuvo a punto de irse al traste por la irrupción inoportuna de alguno de los empleados. En un par de oportunidades fue la hija del nazi, Zelda, se llamaba  –no podía tener un nombre más apropiado-, la que descendió tímidamente las escaleras del sótano, movida por la inquietud u obligada por su padre. Sus tremendas imposibilidades de establecer contactos normales con las personas o las cosas me dejaron a salvo, manteniendo mi secreto a buen resguardo. La muchacha de vidrio no era capaz de tocar nada que estuviera en el suelo sin ir corriendo a lavarse las manos hasta que casi le sangraban; probablemente tenía lo que hoy se conoce como síndrome obsesivo compulsivo  -nada extraño intuyendo la crianza que pudo haber tenido-, y por eso evitaba descender a aquel sitio en el que yo fabricaba mis tesoros, asomándose apenas desde la mitad de la escalera.

Otras veces, las hermanas bajaron alternativamente a decirme que el ogro requería mi presencia, pero tampoco profundizaron en las entrañas de mi territorio. Al viejo –Isaac–le resultaba imposible bajar las escaleras y Bruno, el hombrecito obsecuente, no consideraba de su incumbencia estos dominios; pero una vez bajó Sven y además acompañado de tres matones fornidos. Por suerte, enfilaron por otro de los pasillos a cuyos lados se apilaban las cajas, y yo pude ocultarme, casi sin respirar, detrás de un montículo situado en el sector en el que practicaba mi experimentación artística. Desde mi pequeño zulo pude oír una conversación tan inquietantemente macabra entre ellos, que para bien de mi salud mental he olvidado al punto de imaginarla parte de un mal sueño.

Para ese entonces, yo ya había hecho acopio de decenas de restos: manos y pies de porcelana, lanzas y espadas de metal, salvavidas y otros artilugios de madera, procedentes de los barcos de vela, trocitos aleatorios de cristal o loza, restos textiles de tapices hindúes que fui cortando con paciente mala uva, bellísimas rosas de la porcelana Capodimonte, en fin, un ingente arsenal de esquirlas de belleza que yo había destruido, primero sin intención, y luego con toda la saña de que era capaz mi mente adolescente.

Con ellos, uniendo y desuniendo, cortando, lijando, pintando, encastrando unos con otros, al principio sin orden ni concierto y luego con un sentido de la estética que me desconocía, armé cosas que yo llamaba descaradamente obras, y que constituyen el objeto de este recuerdo.

A fuerza de desplegar una paciencia de anacoreta y una habilidad de prestidigitador fui creando formas nuevas a partir de mis existencias de reliquias. Notaba que mejoraba  con cada nuevo emprendimiento, así como también me daba cuenta de que perdía, paulatinamente, el miedo a realizar esa actividad clandestina. En pocas semanas junté una discreta cantidad de piezas que me llenaban de orgullo y me reivindicaban, con una venganza sorda, frente a ese homínido descalificador que era mi jefe. Lo que hacía, en ese sótano mugriento, escondido entre cajas y manipulando la cultura con mi ignorante destreza, era toda una declaración de principios, que he tardado siglos en comprender.

Refugiaba mis obras en cajas de zapatos, con sumo cuidado para que no se rompieran y lamenté la imposibilidad de exponerlas al juicio ajeno, ya que en mi fuero interno sentía que eran todo un hallazgo.

El “descanso” estaba llegando a su final y debía prepararme para continuar mi malograda secundaria, cosa que el fondo e increíblemente, deseaba. Aquel agobiante verano daría paso a un otoño gris que desembocaría en un invierno interminable: un invierno que duraría una eternidad sangrienta.

Me preguntaba si podría rescatar mis criaturas de aquel lugar impropio antes de despedirme para siempre del estío, de la inocencia y de ese lugar que olía a muerte, o si la mejor de las venganzas posibles sería dejarlas allí (a la vista de todos), para que las entendieran -si podían-, que el mundo iba más allá de sus taradas ambiciones, cuando la realidad, que a veces se vuelve justiciera, volcó a mi favor esa partida. Al día siguiente de recibir mi magro finiquito, y cuando iba a decir adiós a aquellos engendros, un fuerte dispositivo militar impidió que me acercara a la tienda: unas horas antes había volado en pedacitos (aparentemente víctima de un atentado subversivo a un jerarca policial que vivía en el edificio contiguo). No pude enterarme de lo sucedido a mis ex compañeros o al nazi, porque los milicos impedían el paso a cualquiera que no formara parte de sus huestes, por lo que me mantuve a una prudencial separación, oyendo el ulular incesante de las ambulancias.

Al regresar, días más tarde, y ya que los diarios apenas mencionaron el “incidente”, pude valorar los efectos de la explosión, que había derrumbado parte de la estructura de la casa. El artefacto había sido colocado aparentemente en el edificio aledaño, pero por razones que desafiaban la lógica, la mayor parte de los destrozos tuvieron lugar en el nuestro. El vendedor de diarios me dijo que la bomba había estallado de madrugada, por lo que ninguno de los empleados había sufrido daños, excepto el dueño y otra gente con la que celebraba una reunión a muy altas horas de la noche, que volaron hasta alturas, que en vida jamás habrían alcanzado. Con ellos, y como un símbolo de justicia poética, se elevaron también mis pequeños errores subsanados.

Ese verano había descubierto cosas que cambiarían mi vida para siempre, cosas, cuyo sentido intento comprender desde entonces. Meses después, cuando todo fue irremisiblemente a peor, mi vieja me metió en un avión y me mandó para España con sus parientes. Aquí es donde vivo desde entonces, y pese al tiempo transcurrido, aún no he querido o no he podido regresar.

El Beto fue desaparecido como tantas miles de personas, durante los largos años de invierno, y como con muchos de ellos, jamás hemos vuelto a saber nada de su suerte; mi madre recorrió impenitentemente miles de despachos buscando una verdad y una justicia que nunca le llegaron: murió de un infarto  a los dos años, sin que ninguno de sus hijos estuviera a su lado.

Yo soy artista, podría decirse que de éxito. Mi trabajo consiste en deshacer piezas de todo tipo, antiguas o contemporáneas, compradas en los rastros de Europa, o rescatadas de su pródiga basura, y armar otras… otras que construyo con infinita paciencia y que luego hago volar por los aires en una ceremonia purificadora.

Luz Darriba, octubre 2010


[1] recados

[2]  En Sudamérica: calles

[3] En Argentina y Uruguay, matrícula.

El fantástico prólogo de Toda la gente errante, escrito por una grande: María Xosé Porteiro. Por cierto, quien no haya leído COVARDES, que no espere mucho para hacerlo. La leí de un tirón y pese a lo desgarrador y cruel del tema, es un enoque cálido y magistral del drama de la Trata, que no podéis dejar de leer.

Toda la gente errante

 

Prólogo

 

María Xosé Porteiro

 

 

 

Tejer la vida

 

En Toda la gente errante, su primera novela, Luz Darriba nos muestra que la vida no es sino un camino que para algunos resulta seguro y practicable mientras que para otros se ofrece como un continuo vagar a la búsqueda,  filosófica a veces, terrenal otras, de sus por qués. En este trabajo, pone letra a su enorme capacidad expresiva y consigue aunar su amor por las letras con su conocimiento del universo femenino, para contarnos una historia en la que parece realizar una de sus afirmaciones más hermosas: “Las mujeres tejemos la vida y sueños tan resistentes como la tela de una araña”.

 

Además de su consagrada carrera como artista multidisciplinar, la autora nos demuestra que también sabe moverse con soltura y eficacia en los procelosos caminos de la literatura para trenzar una compleja y delicada urdimbre donde se entrelazan y anudan las frustraciones, los errores y los sueños de sus protagonistas.

 

En verdad tenía que llegar el día en que Luz Darriba se propusiera escribir. No en vano, en su obra plástica ha estado siempre presente la pasión por los libros -unas veces como objetos, otras como concepto- para desarrollar una propuesta creativa y casi siempre espectacular. Así ocurrió en sus instalaciones e intervenciones públicas, Livres avec des Livres, Banco de libros, LiBing ROOM, Bibliotecas de Babel, ÁgoraLIBROS, Palabras+, LibroLibre, Follas Novas, y, especialmente en su obra más conocida internacionalmente, Cumulum. Muralla de libros, que contó con el apoyo de figuras tan relevantes del mundo de la literatura como José Saramago y Mario Benedetti, o de las artes plásticas, como Christo, que consistió en cubrir la Muralla de Lugo nada menos que con 600.000 libros[1].

 

Por lo tanto, no debiera sorprender que algún día el libro dejaría de ser tesala de sus instalaciones-mosaico para convertirse en un fin en si mismo, en instrumento a través del cual conseguir que un elenco de personajes, situaciones, emociones e intriga, llegaran a conectar con un mundo imaginado de lectores sin rostro.

 

Así ocurre con Toda la gente errante, donde encontramos en su argumento el otro elemento que mueve una y otra vez su inspiración creativa: las peculiaridades y circunstancias, casi siempre injustas, que jalonan la vida de las mujeres por el mero hecho de pertenecer a un sexo maltratado en el presente y a lo largo de la Historia. En su trabajo artístico Luz Darriba se ha destacado por el empeño en recuperar la visibilidad de sus congéneres y por denunciar y combatir sin descanso la violencia machista.

 

Estamos, por lo tanto, ante una persona firmemente implicada en los problemas que aquejan al mundo en que vive y la opresión de las mujeres es una cuestión principal en esa actitud vital de compromiso. Sobre este asunto ha dicho en alguna ocasión que “solo el conocimiento conduce a la libertad, y las mujeres hemos estado, y en algunos lugares del mundo aún estamos, imposibilitadas de acceder al conocimiento por el solo hecho de ser mujeres”.

 

La convivencia de las artes plásticas y la literatura

 

En este ir y venir de la plástica a lo literario, Luz Darriba parece coincidir con Voltaire, que definía a la escritura como la pintura de la voz o con Leonardo Da Vinci, que pensaba que la pintura es una poesía que se ve sin oirla y la poesía es una pintura que se oye y no se ve. Ambos reflexionaron sobre la relación entre dos actividades artísticas que permiten compartir sensaciones y emociones, dar rienda suelta a la imaginación, comunicarse, en fin, con otras muchas personas que reciben esta creatividad como una oportunidad única de disfrutar y compartir otras miradas, otros mundos.

 

Algunos notables artistas como Picabia, Duchamp, Delacroix, Van Gogh, Klee, Dalí, Sarduy, Torres García, Figari, Jacoby, Saura, Granell o Úrculo, hicieron alguna incursión en la literatura, unas veces a modo de diario, correspondencia, apuntes o reflexiones teóricas. Otras, con la voluntad de trabajar el género literario como una forma más de expresión pública, a menudo en verso y en menor medida, en prosa. Un caso notable es Ernesto Sábato que reconocía que la pintura fue su primera pasión, desde la niñez, cuando aún no sabía leer ni escribir, aunque con el paso del tiempo la literatura se fue imponiendo “porque mis crisis espirituales, psicológicas y políticas exigían ya palabras e ideas aunque fueran ideas encarnadas en violentas pasiones”.

 

Probablemente con Toda la gente errante, Luz Darriba, siga también el  consejo del genial escritor Alejo Carpentier, músico, además de novelista extraordinario, cuando recomendaba que los artistas cultivaran algún otro género como “violín de Ingres”[2], no autocomplaciente, sino que enriqueciera el que asumían como central.

 

Viene a cuento en esta búsqueda de antecedentes en el duplo oficio de pintar y escribir, el también cubano Severo Sarduy que abordó ambas actividades con idéntico ahínco. En su original autobiografía, El Cristo de la Rue Jacob[3], se pregunta y se responde a si mismo: “- Severo ¿Por qué pintas? – Pues te dirá: pinto porque escribo. – ¿Hay alguna relación entre las dos cosas? – Para mí, sencillamente es lo mismo”.

 

Tal vez esta novela con la que hace su debut la escritora Luz Darriba,  sea también el comienzo de una opción plural e igualmente apasionada, para una mujer que comenzó como artista y en su madurez buscó – y a fe que lo ha encontrado – un nuevo camino en la literatura que podrá recorrer sin abandonar su vocación inicial.

 

Tras sus fructíferos pasos en el relato breve que la hicieron merecedora del primer premio del XIV concurso Anxel Fole en 2012, su sorpresiva incursión en la literatura luego de tan contrastada trayectoria en la pintura, el grabado, el video, la fotografía, la imagen digital, las performances o las instalaciones, mantiene un nexo coherente con las preocupaciones que han movido sus trabajos anteriores. “Mi principal motivación artística es la realidad” dijo en una ocasión, añadiendo que nada puede ser más motivante: “aunque estemos a años luz de reflejarla (del modo que sea), de constreñirla a cualquier soporte y a cualquier concepto artístico”. 

 

La realidad y los sueños

 

En esta novela, la autora nos ofrece una historia contada con un estilo realista, a veces con tono documental -casi en blanco y negro-, que discurre a través de sus páginas con destellos de luz y mueve el ánimo del lector del pesimismo al optimismo, en un viaje que nos lleva a una solución inesperada y esperanzadora.

 

La trama central de la novela parte del encuentro de dos mujeres cuyas vidas  se cruzan de manera azarosa en una coincidencia que se revelará crucial para ambas. Con lenguaje fluido y tono intimista, iremos acercándonos a las peripecias de Virtudes y Julia, residentes en una pequeña ciudad de provincias, en una historia que la autora sitúa en nuestros días. Son dos almas que a priori no parecen tener posiblidad alguna de llegar a compartir emociones o inquietudes, pero, contra todo pronóstico, la búsqueda del pasado en una y del futuro en la otra, cambiará para siempre el curso de sus existencias.

 

En Toda la gente errante Luz Darriba nos introduce en un mundo que –como queda dicho- es una constante en su obra artística: la situación opresiva del sexo femenino en una sociedad constreñida por normas y valores patriarcales que se reproducen y reinventan desde el principio de los tiempos.

 

La historia se va abriendo paso contada por dos voces que se alternan, casi simultáneas, hasta configurar un recorrido paralelo, en apariencia, pero que en realidad marcan un camino convergente.

 

La identidad y los orígenes están presentes en esta narración de manera latente y sugestiva en su resolución. La autora consigue hacernos participar del ambiente oclusivo y claustrofóbico que se reproduce, contumaz, en el interior de las paredes de la casa familiar de una anciana y solitaria dama y en las calles de ambiente pueblerino que su inesperada cuidadora recorre con indiferencia y apatía ante la ausencia de expectativas.

 

Mediante flashbacks al tiempo vivido por ambas mujeres en geografías distantes y sociedades distintas, se ofrece al lector una historia de dramas cotidianos y  sueños de redención, pero sobre todo, el descubrimiento de sus auténticas personalidades y de las razones de sus acciones anteriores al momento en que se produce su encuentro. El íntimo monólogo interior de los pensamientos de las dos protagonistas nos irá llevando, a lo largo de una acción lenta pero constante, hasta un punto sin retorno.

 

Luz Darriba dibuja las personalidades de sus personajes centrales con trazo firme y descriptivo, con acento expresivo y contundente desde el primer momento, mientras que deja para los actores secundarios una mirada más somera que evita distracciones sobre el conflicto medular centrado en la relación entre las dos protagonistas. En el sobrio elenco de personajes destaca el cuadro de voces femeninas. Los personajes masculinos funcionan como un contrapunto preciso en momentos claves de la trama y es en su evocación donde se apunta la solución al secreto que la autora se propone descubrir.

 

Julia y Virtudes, Virtudes y Julia. Tanto monta… marcan ambas con su intensidad el eje argumental de esta novela.

 

Lo que puede esperar de la vida una mujer aún joven como Julia pero marcada por la falta de expectativas -trashumante compulsiva y superviviente de varios naufragios- en un país que la ha decepcionado y en un momento histórico marcado por la crisis, es la huída hacia cualquier otro lugar. Tal vez a sus orígenes en otro continente, en otro hemisferio, en otra cultura próxima pero diferente. Las condiciones en las que vive describen una situación límite de la que sale sorpresivamente un día para pasar a compartir expectativas con otra mujer, Virtudes, con años suficientes como para darse por vencida en la batalla por la existencia pero capaz todavía de sorprender a todos con una renovada esperanza.

 

Las dos tienen amargura en la mirada, desengaño y dolor. Pero hay también un aliento inconformista que hace que no pierdan la capacidad de soñar. Entre ambas tejen una red que las une y las lleva a otra realidad tras el duro aprendizaje de la convivencia y de las cesiones necesarias para establecer una relación de respeto mutuo. Se produce así el encuentro, nada fácil, entre una burguesa decadente y una rebelde fracasada, que llegan a comprender lo que cada una de ellas puede hacer por la otra y cómo eso revertirá en si mismas.

 

Las personalidades complejas, marcadas por sus traumas y sus contextos vitales, de Julia y Virtudes, se abren en Toda la gente errante a la alquimia de la transformación de metales impuros en nobles y valiosos materiales, con la guía de citas de El Señor de los Anillos que nos ayudarán a encontrar el final  del laberinto.

 

El gran pintor gallego Laxeiro dijo de Luz Darriba que era “una mujer que pinta con toda libertad, con la que deja en sus lienzos su verdad”. Hoy, la ya segura escritora nos ofrece esa misma autenticidad en esta historia que nos hará soñar con un  destino generoso. 

 

Vigo, 2012


[1]
                [1] Cumulum entró en el Libro Guiness de los Records como la mayor obra del mundo hecha con libros. Esta iniciativa de Luz Darriba supuso un impulso extraordinario para que la UNESCO declarase a la Muralla de Lugo, Patrimonio de la Humanidad.

 

 

[2]
                [2] Expresión que designa la actividad a que uno se dedica con entusiasmo al margen de su verdadera ocupación. Diccionario Enciclopédico Vox 1. © 2009 Larousse Editorial, S.L

 

 

[3]
                        [3] El Cristo de la rue Jacob, [Ensayo], Barcelona: Ediciones del Mall, 1987.

 

Toda la gente errante – Sala Sargadelos, 2-10-2012

Luz Darriba nunca dejará de sorprenderme. Y este libro es una auténtica sorpresa. Una más.

Lugo necesita luz. Lugo, necesita a Luz, esté cerca o en la distancia. Porque si está cerca nos impacta con sus creaciones. Si está lejos, envía mensajes contundentes como este libro que hoy presentamos, TODA LA GENTE ERRANTE, que a primera vista puede ser una crónica de emigración, pero es mucho más que eso.

Y al ver el libro, se me ocurrió preguntarle si la ilustración de la portada era ella con su padre, a lo que me respondió que no, que era una imagen simbólica. Al terminar de leer el libro, si no lo hubiera preguntado antes del comienzo, hubiera formulado la misma pregunta.

En Lugo tenemos la conciencia de que Luz es una mujer luchadora, que vino y se integró profundamente; buscando raíces echó raíces; y con los pies firmemente asentados en nuestro suelo – su suelo – se alzó para proclamar su fortaleza, sus ideas, su tesón.

En nuestra historia reciente está clavada una pica, un hito, en relación con la muralla de Lugo. Una obra de Luz. Fue una locura rodearla de libros. Hace falta estar muy loco – en este caso, muy loca- para plantear algo así. Y hay que estar muy cuerda para conseguirlo.

Pero yo he venido aquí a hablar de su libro. Lo leí de un tirón este fin de semana. Porque se lee de un tirón. Si comienzas a leerlo, no puedes dejarlo. Hasta el final.

Hay que leerlo. No vale que te lo cuenten. Aunque es “contable”; puede contarse, pero por muy bien que se cuente, nada que ver con el placer de meterse en él, seguir la narración con el estilo de Luz, con las palabras de Luz.

Es, y no divulgo nada que no deba, la historia de dos mujeres, tan distintas que viven en mundos diferentes que colisionan hasta confundirse, fundirse. Estas dos mujeres evolucionan, influyéndose, acercándose, humanizándose.

Cada mujer es un mundo. Cada una de estas mujeres es un mundo. Con otro mundo que está a su alrededor, con personajes bien definidos pero complementarios. Cada una de estas dos mujeres es un mundo independiente, que podría evolucionar, recorrer su universo sin haber tenido nunca el menor contacto. Pero el azar, que siempre precisa agentes aunque sean tan impresentables como el único elemento masculino que tiene actividad en esta narración, se encarga de hacerlos coincidir y orbitar de una forma que acaba por ser armónica.

Me impactó esta novela de Luz Darriba. Y me hizo pensar que cuando habla de toda la gente errante no se refiere a la emigración, o no se refiere a ella exclusivamente. Y que uno puede tener una existencia errante sin moverse del lugar donde vio la luz. Y es errante el que busca un lugar en el espacio, pero lo es más el que busca un lugar en el tiempo, en la familia, en su conciencia.

Todos los personajes que aparecen en el libro tienen una personalidad definida, casi identificable con muchas personas que todos conocemos. Son tan humanos como nosotros mismos, como nuestros vecinos, como nuestros amigos.

Quizás sin quererlo –o buscándolo así – hay mucho de Luz en el personaje de Julia, una mujer luchadora en solitario, por su independencia, por sus ideas, por la vida. Julia está en pleno viaje de ida, trayectoria vital de frustración en fracaso. O no tanto.

Virtudes está en el viaje de vuelta, de fracaso en frustración. Y tampoco tanto. Que demuestran ambas tesón y fuerza de vencedoras que no admiten un fracaso por respuesta.

En este libro de Luz se refleja la crisis colectiva que nos envuelva, y la difícil emigración, y la  vejez difícil, y la difícil madurez. Todo es difícil, pero el ánimo y el ánima de las dos protagonistas nos van facilitando nuestro caminar.

El libro de Luz habla de caminos, de gente que camina, a veces sin rumbo fijo, esperando que cada día que amanece sea un poco mejor. Aunque a veces a las dos mujeres que nos atraen desde las páginas del libro parezca atacarlas la desesperanza.

Las citas de Tolkien –creador de mundos imaginarios- nos acompañan durante toda la narración, certificando que los mundos de ficción pueden tener tanta o más vida que el mundo real que nos envuelve. Y si en una de ellas se indica que “no toda la gente errante anda perdida”, las dos errantes –ya amigas nuestras, desde que comenzamos a conocerlas- andan buscando su lugar en el mundo, y a fe que lo encuentran.

María Xosé Porteiro, en su lúcido prólogo, menciona a Laxeiro que dijo de Luz que es “una mujer que pinta con libertad, con la que deja en sus lienzos la verdad”. En este caso, los pinceles inmateriales de Luz pintan, diseñan, escenario y personajes para contar una historia entrañable por la que vemos pasar la vida.

Si os interesan las personas, tenéis que leer este libro. Si os interesa conocer como puede ser la vida de las personas que se buscan la vida –no sólo económica- tenéis que entrar en este libro. Si queréis conocer los mecanismos que hacen fuertes a los luchadores, los resortes que consiguen hallar juventud en la vejez decrépita de lo físico, os recomiendo que acariciéis este libro.

Si queréis conocer el espíritu y la fuerza que animan a Luz Darriba, no perdáis la oportunidad de aprehenderlo en las páginas de este libro. Porque este libro dice de Luz mucho más que cualquier biografía.

En fin: Que es un libro gratificante. Que si la Seguridad Social no estuviera restringiendo la prescripción de medicamentos, habría que venderlo con receta con cargo a un imaginario departamento de animación e ilusión que todos estamos necesitando.

Felicidades, Luz Darriba. El hecho de rodear la muralla de libros te acompañará siempre y será, quizás, lo más “sonoro” que has hecho. Este libro tuyo, sobre la gente que camina buscando y buscándose será (hasta el próximo, claro) tu tarjeta de presentación más humana, más sincera y más viva. Mi felicitación, mi ánimo y un poco de envidia, que ya me gustaría saber escribir así.

 

Entrevista a Luz Darriba, por María Jesús Rico, Diario de Ferrol (22 de septiembre2012)

“La crisis me llevó a utilizar un salvavidas que siempre había estado en mí”

Sábado, 22 de Septiembre de 2012 00:00
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luz darriba Escritora

entrevista
maría jesús rico

Luz Darriba es una artista uruguaya, formada en Buenos Aires, afincada en Galicia y con una sólida trayectoria en Europa. Suyos son proyectos como el de amurallar Lugo con libros o una alfombra en la plaza del Obradoiro contra la violencia de género. Acaba de publicar su primera novela, “Toda la gente errante”, que ayer presentaba en la sede de Fuco Buxán, en Caranza, acompañada por la periodista María Xosé Porteiro.

Había trabajado con libros, pero es la primera novela que escribe.
Durante toda mi vida escribí muchas cosas pero nunca ficción. En 2010 empecé con esta novela y ahora tengo otras dos semiacabadas y una cantidad importante de relatos medianos y cortos.

¿Cuál fue el detonante?
Fue la crisis, a algunas personas nos marcó de una manera y a otras de otra, y a mí me llevó a utilizar un salvavidas que siempre había estado en mí. No hay mucha más explicación. Esta novela surgió de una necesidad muy profunda de expresar cosas que este fenómeno que llamamos crisis me había impedido expresar de otra manera, como siempre había hecho. Salió todo sin pensar, muy fluidamente. Cuando acabé, después de ocho meses, pensé: por lo menos ha servido para que me desahogara y me sintiera un poco mejor. Pero entonces empecé a mandársela a escritores y escritoras amigos y resultó que me alentaron mucho para que siguiera adelante y fue realmente eso lo que me impulsó. Aprendí mucho de oficio aceleradamente en estos dos años que no he parado de escribir.

Esta mujer inmigrante del libro, que cuida a una anciana, ¿de dónde sale?
No lo sé exactamente, me lo he preguntado muchas veces. Yo he intentado crear un personaje que no tuviera nada que ver conmigo, aunque realmente tiene mucho porque para empezar es una mujer inmigrante, mal económicamente como estaba yo en esos momentos. Pero a partir de eso he intentado hacer la antítesis de como yo creo que soy. Realmente fue una cosa muy catárquica, de ponerme a escribir sin método, sin planificar nada, sin pensar. Es un producto muy sincero, muy honesto.

Pasada esa catarsis, ¿qué encuentra al volver sobre la novela?
La he leído y la he releído muchísimas veces, más que nada para mejorarla, para todas estas cosas que hay que saber hacer, que tienen que ver con el oficio de la escritura, y sí que encuentro muchísimas cosas que me empeñé en no poner, que tienen que ver conmigo, con mi vida, con gente que conozco, con historias que oí. Prácticamente todo lo que sucede en la novela es absolutamente cierto, lo que pasa es que es un puzzle, le pasa a diferentes personas.

¿Cuál es el conflicto?
Yo creo que es un poco el cuestionarse sobre la condición humana. No importa quién seas, de dónde hayas venido, lo que hayas hecho. En el fondo todos estamos construidos de la misma madera, y a todos nos duelen y nos estimulan las mismas cosas. La relación que se da entre la anciana y su cuidadora es muy difícil al principio y luego cambia porque van intercambiando cosas la una con la otra, hasta el final, que creo que es bastante     inesperado, que es una historia real que yo escuché. La idea es que da igual quiénes seamos o qué hayamos hecho, siempre habrá otro ser humano que nos pueda ayudar a lamer las heridas, a sentirnos mejor, a potenciarnos. En ese sentido creo que es bastante esperanzadora.

Son personajes femeninos fuertes.
Sí. Cada uno habla de lo que más o menos sabe, aunque tengo muchos relatos en los que los personajes son masculinos, de hecho en el premio Ánxel Fole que me han dado este año por “Monstros”, el protagonista es masculino. Pero aquí son mujeres muy fuertes, con una personalidad muy definida, muy construida, con unas vidas muy especiales. No lo hice con la intención de que fuera una novela para mujeres pero creo que les va a gustar mucho más porque se van a sentir más identificadas.

¿Qué futuro espera a las obras que tiene en el cajón?
Es el peor momento para ponerse en una aventura de este tipo, pero bueno, a mí nunca nada me resultó fácil. Esta novela ha salido por los micromecenazgos de amigos y amigas, y no sé cómo van a salir los otros, ya veremos. Pero sí nos tenemos que inventar nuevas formas porque la cultura y el mundo tal y como lo conocemos se están extinguiendo.

 

Toda la gente errante

Navegaresnecesario-vivirnoesnecesario

Un espacio en el que compartir nuevos sueños, esta vez, hechos de palabras. Las palabras nos quedarán cuando el viento arrastre las hojas, cuando el silencio grite desde dentro.

Andadura nueva, o casi… estreno de compañer@s de ruta, búsqueda de huellas hundidas en la arena.

Septiembre en el hemisferios norte, primavera en en el sur. Otro comienzo, que continúa.

Letras impresas, historias que pugnan por ser contadas, un darse vuelta hacia adentro para seguir mirando a la cara a la vida .

Te cuento cosas, comparto trocitos de mi alma; lo demás, ya veremos: navegar es necesario, vivir no es necesario.

Empiezo contándote que Toda la gente errante es el resultado de mi primera confrontación con los demonios internos y el eterno juego de exorcizarlos con palabras.

La historia:

En mayo de 2010, me di la posibilidad de cambiar de dirección; por carreteras secundarias -o rutas menos transitadas-, y sin demasiada conciencia, no fuera cosa que se filtraran inhibiciones y prejuicios, me puse a escribir, una de mis pasiones postergada.

Hasta el presente no he parado, intentando que mis amores intelectuales convivan en paz lo que me quede de camino.

Mis amigas me estimularon y animaron a seguir adelante tras la etapa catártica y eso propició que comenzara a pensar, que ya que todo ello había salido de mi interior con absoluta sinceridad, quizás no sería mala idea que llegara a otras manos, a otras miradas.

Toda la gente errante, nació y creció tarde tras tarde; se enriqueció con los aportes de las primeras lectoras y devino una historia acabada, hasta donde se puede decir que las historias lo sean.

Ahora, le toca salir al mundo y como todos los niños y niñas de la clase trabajadora lo tuvo crudo en este sistema donde lo humano cuenta bien poquito. Por eso esta novela ha sido posible gracias a los micro mecenazgos de mis queridos amigos y amigas, la ayuda invalorable de personas como Helena Villar Janeiro, María Xosé Porteiro, Yamil Fued Koussa, Adriana Corbo Longueira, y una tripulación de editores compuesta por: María Luisa Abad, José Manuel Abelairas Pérez, Susana Alaniz González, Rosa Aneiros Gómez, Carmen Basadre, Ana Bereciartúa, Alfredo Bongianni, Dario Xohán Cabana, Sofía Calvo Arias, María Pilar Campo (Marica Campo), Milagros Carballido Illán, Gerardo Castedo, Manuel Anxo Cendán Dopico, María Mar Corbelle Valiño, Amaya Cuesta Alonso, Idoia Cuesta Alonso, José Urbano Cuevas Mateo, María Mabel Charquero González, María Dans Sampedro, Carmen Díaz Simón, Magali Gali, Ana Lía Glass, Xavi García, Pitusa Gómez Darriba, Inmaculada Fernández, María Elsa García, María Mercedes Gómez Fernández, María Teresa Huguet Rodríguez, Enrique Iglesias González, Juan y Matilde, Julio Leyra San Martín, María Elizabeth Luna, Rosario Felisa Miranda Smith, Roberto Moskowich Spiegel Pan, Iratí Nabaskues Alonso, Jon Nabaskues, Carmen Neira, Paco Nieto, Estefanía Novo, José Manuel Núñez Abuin, José Núñez/Shirley Taborda, Vilma Viviana Núñez Taborda, Beatriz Oveja Villafañe, Luisa Paz Montenegro, Josefa Muñoz, Unai Peón Cuesta, Giovanna Pereira, María del Carmen Pérez Pérez, Francisco Pérez Porto, Flor María Pérez Rodríguez, Cuqui Piñeiro Álvarez, Oscar Prieto Pita, Ana Isabel Pro, Inmaculada Pulido Domínguez, Clarke Richard, Ana Robles Anaya, María José Rouco, María José Vales Garaloces, Nancy Villagrán Crivelli y Helena Villar Janeiro.

 ¿De qué trata esta novela?

La trama podría resumirse como el resultado de encuentros imposibles, sobre las oportunidades que la vida nos ofrece en ocasiones.

Una mujer emigrante, bastante atípica, recala en un pueblo del norte de España por razones que ni ella misma alcanza a comprender. Sin saber muy bien qué buscaba se le van pasando los años, hasta que es atravesada por ese fenómeno catastrófico llamado crisis. Su mundo basado en mínimas certezas se derrumba de golpe y el propio devenir de los acontecimientos la lleva a  desempeñar un trabajo “peculiar”, que le va a resultar, contra todo pronóstico, esa segunda oportunidad que siempre nos es tan esquiva.

Al convertirse en cuidadora de una anciana despótica, que escondía un doloroso secreto, va aprendiendo muchas cosas sobre sí misma.

La novela desgaja la relación entre ambas mujeres, sus reflexiones, sus alegrías y sus angustias. El final, les descubre que tenían en común muchas más cosas de las que pensaban y que… no toda la gente errante anda perdida.