Capítulo 1

«11:24 Cuando el espíritu impuro sale de un hombre, vaga por lugares desiertos en busca de reposo, y al no encontrarlo, piensa: “Volveré a mi casa, de donde salí”».  Mateo 12, 43-45

     JUAN ERA CIEGO DE NACIMIENTO. Había nacido ciego. Con la imposibilidad absoluta de que los mundos que conviven en este entraran, de algún modo, en su extraordinaria cabeza. Yo era sus ojos. Sus ojos, y su zahorí señalándole los puntos mágicos de los que birlar tesoros oscuros. Adonde no llegaba su vista muerta, se erigía, como un dron todopoderoso, su espíritu al mando de una imaginación sin límites; un vuelo no tripulado inalcanzable.  Él era (no sé si decir es, somos, soy) mi Faro de Alejandría. Al principio, si es que hubo un principio, porque recuerdo a Juan desde casi antes de tener recuerdos, tuve pena por él. Por su incapacidad para saber cómo era todo aquel caos al que llamábamos mundo. Una burda e innecesaria conmiseración propia del idiota que era —y sigo siendo— por un ser que, en todo, fue siempre más, mejor, más bello que cualquiera de los miembros de la manada.

     Alguien así jamás merece ser ofendido con el débil sentimiento de la lástima. Si pensaba en Juan jamás lo veía ciego. Su imagen era suplida en mi cabeza —a años luz de la suya— por un rostro de perfectas facciones, que nunca tuvo la oportunidad de ver. Y esos ojos tan inquietantes, enormes, de un azul grisáceo que recordaba al aguamarina. Unos ojos despiertos, vivos. ¿Cómo sospecharlos sin luz? Aun con esa mirada chata —la mía— sobre la realidad, que apenas le descubría los objetos cotidianos, Juan hacía milagros. Daba forma a las cosas en su elevado cerebro dotándolas de vida, de la luz que yo no creía haber sabido otorgarles. Transformaba una repulsiva rata en un monstruo prehistórico, una hoz en una siega completa, un simple palo en una espada y a esta en una batalla en la que los dos bandos, bien diferenciados, se abalanzaban uno sobre otro hasta las últimas consecuencias. Me producía una admiración al borde del paroxismo esa facilidad suya para transportar al terreno de tinieblas los trastos de la casa y convertirlos en armas mortales, instrumentos de tortura, artilugios amenazantes. Un niño que desechaba todos los juguetes que el dinero —y el poder— podía comprar, para fabricarse, aun siendo ciego, pequeñas catapultas con cascanueces, desolladores de piel con pela patatas, barrenas de enemigos invisibles con sacacorchos, y bayonetas caladas con los cuchillos jamoneros y los mangos de las escobas.

 

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