Homenaje a las víctimas del Acevo, foto Luz Darriba.

Relato de Anahí Almasia perteneciente al libro Lo que el viento no se llevó de Anahí Almasia y Luz Darriba (2017). Este magnífico relato obtuvo el Premio de la Federación de Asociaciones Gallegas de la República Argentina en 2012.

Meigallos do Acevo

A los Bugallo, que inspiraron esta historia

  Todo el mundo asustado de ver aquello. Loco, parece loco el de la casa de Valgariño gritando que la meiga lo deje en paz. ¿De qué meiga habla? Ruega, pide perdón de rodillas y ve cosas a su alrededor. Durante años se paseó por las afueras del cementerio hablando solo, años que fueron siglos entre las tinieblas. El tipo no se va a la cama sin la hoz, quedó con miedo para toda la vida. ¡Cierren las puertas y las ventanas! Nadie sabe de lo que habla, pero sí se sabe que sucedió algo grande durante la guerra y aunque balbucee cosas inentendibles puede leerse en sus ojos el pánico. Tantos años de silencio en España no ayudaron a desvelar la oscuridad. Al final, se le metió esa cosa en el cuerpo que crece sin parar desde la exhumación de las fosas do Acevo y del cementerio de A Fonsagrada.

   Hay que tener cuidado, Manuel, hasta los árboles oyen y yo tengo miedo, ¿por qué no decirlo? Los pies siempre me conducen a la parte trasera del cementerio, donde estás tú. Donde estabas. Llevamos años conversando, ¿no es cierto, Manuel? La hierba fina y húmeda en todos lados menos aquí, donde excavaron para sacarte. ¿Adónde te quieren llevar? ¿Tú me escuchas igual aunque estés lejos ahora? Que van a estudiar tus huesos, dicen. Ellos no saben que esos son tus huesos. En O Acevo también sacaron a unos cuantos junto a ese rojo de Moreno. Justo ahora que me crece esta cosa en el estómago tú no estás. Cáncer, dicen, yo no creo, yo sé quién me lo hizo. Te sacaron para ponerte en el cementerio junto al comandante Moreno y esa misma noche empezó mi tortura en el estómago… Antes sólo eran unos pequeños meigallos, cada día uno nuevo, pero este es mortal, lo presiento.

   Cada vez que me cruzo con el de Valgariño me mira con miedo, como si el verme le recordara a otra persona, como si mi rostro o el de Josiño siempre le hubiesen significado la personificación del diablo. ¿Qué tendrá en la cabeza? Aunque se hizo falangista, yo no me olvido de que Manuel lo apreciaba mucho en la época en que le construyó la casa. Quizás si hubiera sabido que entraría a la Falange no lo hubiera estimado tanto pero, así fue la guerra, quedamos unos de un lado y otros del otro. ¿Qué buscará en el cementerio?

   ¿Entiendes, Manuel, que no te debo nada? Era la guerra, dile a tu mujer que no me haga más meigallos, díselo, que me deje en paz. Que se los haga a ese de A Fonsagrada que llevó por años la cazadora de Moreno, o al que usaba su pluma de oro. Se reían con ellos, qué guapo estás Moreno, le decían a uno y a otro, y ellos sonrientes. Pero yo no me río, Manuel, díselo a tu mujer, tú eres bueno y ya me perdonaste. Pero ella es una bruja que lleva la maldad en las entrañas.

   Como estaba próxima la fecha de parto yo había ido a lo de mi madre en Forcarei, y bueno, en esos tiempos no se sabía cuándo regresarían los maridos, o si regresarían. Por eso, cuando Manuel llegó ala Fonsagrada yo estaba lejos y mi niño por nacer, naciendo la misma noche que… Me hubiera gustado verlo una última vez, grabar una imagen más que me acompañara durante las noches de insomnio en las que se repiten los mismos recuerdos. No me hubiera importado que fuera una fotografía triste, ni que él estuviera delgado como una espiga, ni que lo hubieran lastimado y su rostro y cuerpo sudaran sangre y dolor. No, porque serían imágenes de mi Manuel, de su vida, amada por ser suya hasta el último segundo. Una vida que dio vida y construyó casas, porque era bueno mi Manuel, era como el sol que calienta y cobija, era bueno como las castañas asadas y fiel con todos, con su familia y conmigo. Y yo supe que sus compañeros del Batallón Galicia lo respetaron mucho, lo supe después, cuando aquel miliciano me visitó en secreto, como un susurro, y nos dijimos cosas que en España no se podían decir y ya no lo vi más. Y lloré tanto, porque él escapaba a Francia, lloré de alegría ante la pequeña victoria, y de tristeza porque Manuel ya no lo lograría.

   Apareciste una noche a reclamar tu dinero, Manuel, nadie te mandó a pedirme que me lo quedara hasta que regresases de la guerra. Sois un poco raros los anarquistas. Una cosa era mientras te habías ido alistado al ejército nacional y otra muy distinta cuando te pasaste al bando republicano. Ahí dejamos de tener algo en común, Manuel: yo era falangista, tú eras rojo. Que te cuidara el dinero para que tuvieras algo para empezar a tu regreso, me habías dicho, y yo te contesté que sí, que te lo guardaría. Y te lo guardé mucho tiempo, pero ya estabas muerto cuando surgiste de entre la oscuridad, pordiosero, lleno de roña. Eras la sombra del que habías sido, un cadáver en vida, aunque se te veía contento creyendo que verías a tu mujer. Yo no te dije nada, qué te iba a decir, si querías creértelo por mí estaba bien, pero la verdad era que pocos sobrevivían en el monte con esas pobres ropas que traían y era octubre y ya sabes, el frío. Además, pasaste a ser mi enemigo, y yo debía obedecer órdenes y eso de ayudar a uno del maquis era grave. Ahí ya tuve mi primer meigallo, se me estranguló el brazo con el que te saludé, morado lo tuve una semana, nadie supo decirme qué era y yo estaba lejos de imaginar, Manuel, que tenías un arma secreta, que vivirías aun después de tu muerte.

    Qué sola me sentí tantos años, criando a mi Josiño, enseñándole las cosas en las que creímos para que nunca olvidara a su padre. Le decía que valió la pena porque todavía podíamos creer. Eso no se lo habían llevado. Nos robaron a mi Manuel y a su padre pero todo lo que él pensaba era nuestro todavía. Aún en tiempos en que hablar de esas cosas era muy peligroso, yo le hablé. No me arrepiento de las noches en secreto, aunque fueran un diálogo con las sombras, con un Manuel que no podría regresar a decirle a su hijo que pensar así estaba bien y que la historia lo confirmaría. Quizás por eso, José es tan digno de ser hijo de su padre.

    Al final, a qué pagarle a un moribundo, para qué querías el dinero si no lo ibas a poder gastar. Marché a denunciarte, Manuel, ¿no lo sabías? ¿Todos estos años y no lo imaginabas? Sois tan raros los anarquistas. Yo no disparé, Manuel, no lo hice, lo hizo otro, pero qué más da, yo te sepulté atrás del cementerio. Tampoco lo sabías, claro, si estabas muerto. Pero ella sí, ella siempre lo supo, así son las meigas, están en todas partes, y ven, y oyen hasta los pensamientos.

   Después de las excavaciones en O Acevo y en los bordes del cementerio donde estaba mi Manuel, me confirmaron que se trataba de sus restos. Al fin tendré dónde llevar flores. Dicen que lo enterrarán junto al Comandante Moreno y los milicianos del Batallón Galicia. Parece que, aunque escaparan por caminos diferentes y sus fosas estuvieran lejos, sus caminos estaban unidos para siempre. Pasaron setenta y un años y es como un soplo que arrastra la historia. Un viento que los reúne en un batallón nuevamente, esta vez dentro del cementerio.

   Hubo muchos meigallos en mi vida, pero seguramente recordarás el que tuve el día que conocí a tu hijo. Me cayó el pelo todo, en una noche; quedé igualito a él, al bebé. Yo aún no sabía lo de tu mujer, pero ya empezaba a sospechar. Primero me los hacía sólo cuando la cruzaba por la villa, pero después fue a la distancia, todos los días me hacía algo, y no servía de nada que pusiera ajos ni azabache, ni la escoba dada vuelta, ni la casa cerrada. Ella es más poderosa que todo, entra por todos lados, nada la detiene, ni siquiera mis ruegos, es un horror, Manuel, una verdadera meiga. Por eso no está tan mal este meigallo de ahora, porque es el último, Manuel.

   Dicen que cobraré la pensión porque se encontró el certificado de matrimonio civil, todo junto, reconocen nuestro matrimonio aunque no fuera por la iglesia y Manuel descansará en paz al fin, en el cementerio, donde deben estar los muertos y no desperdigados por quién sabe dónde. Todo empieza a estar tan claro, hay tanta luz ahora, quizás por eso viví todos estos años. ¿Por qué el de Valgariño se pasearía por las afueras del cementerio hablando solo tantos años? Tan próximo a tu fosa, tan como si supiera. De cualquier modo, como siempre sucede, tarde o temprano, la vida se lo habrá cobrado.

 

 

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