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Imagen El apartheid fue para nosotros y nosotras, una generación empecinadamente implicada en la transformación de un mundo que se nos antojaba injusto, algo más que una palabra difícil de pronunciar y mucho más complicada de digerir.

     El mundo, el más próximo, el más lejano, todos eran injustos. Lo eran, sin duda. Lo siguen siendo. Sólo mi naturaleza optimista me impide percibir que en muchos aspectos  esos mundos han empeorado, desde que a mis dieciséis años, vendía (con otros compañeros y compañeras) chapas en la calle Corrientes, en la puerta del San Martín, para colaborar con las campañas contra el racismo en Sudáfrica.

     ¡Si habrá llovido! Lluvia ácida. Sobre todo en Sudamérica, ese casi continente en el que ni sospechábamos la peor tormenta que nos iba a caer, que nos iba a calar los huesos de por vida.

     En Sudáfrica, país grande, rico y prometedor (para la minoría blanca que era dueña de vidas y haciendas), hubo mucha gente, de la única raza conocida: la humana, que luchó contra ese monstruo que suele apoderarse de algunos. El que los hace creerse superiores, poseedores absolutos de todo lo conocido.

     Las cárceles de Soweto, de Pretoria, de Ciudad El Cabo, de Johannesburgo, se llenaban de gente. Muchos negros, algunos blancos, defendiendo la misma causa. Keith Haring pintaba sus grafitti anti apartheid en las calles de Nueva York, antes de que el establishment  lo elevara a la categoría de icono del arte contemporáneo, y el SIDA lo inmortalizara en plena juventud.

     Un amigo belga, rubio y de ojos azules, padeció las consecuencias de defender su sentido de la justicia. Sufrió cruentas torturas en su detención por participar en aquella lucha y cuando salió de la cárcel, en un estado indescriptiblemente inhumano fue insultado y apedreado por un pequeño grupo de población negra con el que se encontró por azar. Era los que los bóers llamaban “basura blanca” y lo que los negros podrían confundir con un bóer. Me contó esta historia con los ojos llenos de lágrimas. Estaba sucio, fue vejado de todas las maneras posibles, había permanecido fiel a sus principios pese a los atropellos, y un grupo de desconocidos lo juzgaba sólo porque era blanco. Relató que se dejó caer en la acera, aplastado por sus dolores, y les grito en zulú, la mayoritaria de muchas lenguas sudafricanas: “Yo soy de los vuestros. Soy uno de vosotros, demonios. Yo soy vosotros.

    Hijo de un funcionario belga, se había criado en el Congo. Conocía de sobra lo que es capaz de hacer el ser humano en su condición más despiadada.

     Mi amigo Alain, escribió la primera biografía en francés para niñas y niños sobre Nelson Mandela, hace bastantes años. Una verdadera joya editada por UNICEF (totalmente agotada), que siempre insisto en que tiene que relanzar; quizás ahora sea el momento.

     Porque Mandela, fue, más que un hombre, un símbolo de esa batalla constante contra la imbecilidad, contra el despropósito, contra la ignorancia, contra la altivez de los poderosos. Mandela representa a miles que murieron en esas luchas, en todas las luchas (recuerdo Les damnés de la terre, de Frantz Fanon); ese dedo de David apuntando a un Goliat que, desgraciadamente, muere y resucita sin tregua.

 

     Quería recordar a Nelson Mandela, sin menoscabar ni un ápice su inmensa estatura mortal, pero trayendo a la memoria a miles, a millones de seres humanos obstinados en que el mundo sea un sitio más amable, y que han sido, y siguen siendo dondequiera, víctimas de los hacedores de apartheids. Muros de cemento, guantánamos, gulags, campos de concentración, o quemas en las hogueras. Siempre ha habido necesidad de pelear. Por más que se llenen la boca de palabras huecas sobre la no existencia de la lucha de clases y el fin de las ideologías los Goliatcitos de turno.

     Honramos, honro a Nelson Mandela porque él honró la vida. Honro a miles se seres anónimos cuyos huesos aún permanecen en las cunetas de la no historia. De esa historia que tendremos que rescribir y aceptar todas y todos, para que en esta tierra se respire un aire más puro, más limpio, más saludable.

Luz Darriba

 

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