Este relato fue escrito originalmente en galego y luego reescrito en castellano. En gallego será editado por el Exmo. Concello de Lugo, junto con otros relatos ganadores del Premio Anxel Fole.

 

Monstruos

 

Mil novecientos setenta y cinco fue un año decisivo en mi vida, y no sólo porque con quince tacos recién cumplidos me sentía totalmente habilitado para merendarme el mundo en rodajas, sino porque todo lo que sucedió a partir de aquel verano salvaje  -por la temperatura y otras cosas aún menos gratas–,  me marcó para los restos.

Mi viejo se había ido de casa, o más bien, mi vieja lo había echado, podrida como estaba de aguantarle todas las insensateces inventadas y no obtener ninguna gratificación a cambio. Mi hermano, cinco años mayor que yo, traía a la pobre por la calle de la amargura con esas incursiones en los grupos políticos, que según ella, estaban desestabilizando al país. Para ser más exactos, lo que a ella le preocupaba verdaderamente, el verdadero motivo de su angustia era que le pasara algo al Beto, tan joven y tan tremendamente boludo e idealista.

La gallega tenía diez años cuando estalló la guerra civil en España, pero era lo suficientemente despierta como para olerse la que nos iba a caer en picado en forma inminente. Para colmo, yo me había llevado ocho materias, como quien dice todo menos gimnasia (porque tenía al profesor engañado con mi supuesta vocación de docente de educación física), y plástica (porque me gustaba realmente), y la mujer no ganaba para disgustos. Yo creo, que haciendo de tripas corazón, y frente a la responsabilidad de pilotar solita aquella nave, me dio un ultimátum necesario: -¡O estudiás o trabajás!, y con rima y todo: ¡No hay vuelta atrás! Así que ante la tarea tan titánica como absurda de intentar salvar en un mes las ocho asignaturas que no había podido aprobar en un año, me puse a recorrer las calles en busca de un trabajo que tranquilizara a la vieja y me devolviera un cachito de la dignidad perdida.

Buenos Aires era la ciudad  más linda del mundo, o eso me parecía a mí que sólo había estado una vez en Mar del Plata (excursión de fin de curso de primaria) y ese constituía todo mi conocimiento sobre ciudades. Pero esa megalópolis de postal se estaba poniendo pesada, muy pesada, y no sólo porque las temperaturas batieran marcas aquel verano. Por todas partes aparecían personajes extraños conduciendo coches sin matrícula, armados hasta los molares, haciendo gala de la peor mala leche conocida, y el miedo se empezaba a pegar a la piel con mayor empecinamiento que la tan célebre humedad porteña. Yo era un enano, con cara de enano, por tanto, para mi fortuna, era ignorado por aquella troupe de desquiciados. En ese clima, y con mis cuatro certezas a buen recaudo, me lancé a patear las calles intentando detectar esos carteles: “se busca chico para los mandados[1]”, o alguna otra consigna por el estilo en la que encajaran mis modestas pretensiones y habilidades. Así llegué, al cuarto o quinto día de caminata, a una tienda enorme en el barrio de Caballito, que lucía espléndida uno de esos ansiados cartelitos. Era un lugar de difícil catalogación; incluso ahora que han pasado tantos años y lo recuerdo con precisión matemática, no puedo encontrar las  palabras adecuadas con las que describir aquel oscuro tugurio. Una casa de dos plantas, con un sótano en el que cabría todo mi vecindario, pero en el que no entraba ni un alfiler a presión, tal y como estaba, atiborrado de los objetos más estrambóticos que mis ojos hipermétropes hubieran visto jamás. El dueño era también, y como podría suponerse, un ser de difícil encasillamiento: de origen alemán, había nacido, como tantos y tantas en este enorme país que se nutrió de innumerables fuentes. Sin embargo, este germánico local, era todo lo germanófilo que se pueda ser, y eso, para un pibe de quince años que no entiende nada de política ni de repartos del mundo, sólo podía significar que el tipo era un cerdo explotador que tenía a sus empleados, a los que consideraba poco menos que basura cósmica, debajo de los horribles botines a los que era tan afecto.

Sven, que así se llamaba el susodicho, tenía tal concentración de defectos que podría reunir en sí mismo un compendio de los proyectos fallidos de dios: desagradable, desconsiderado, sucio, déspota, tacaño, y aburrido. Tenía una hija que intentaba ayudar al desenvolvimiento del negocio; una pobre chica a la que aterrorizaba con su sola presencia. Una joven poco agraciada, con una piel de textura jabonosa y una cabellera escasa y casi blanca pegada al cráneo, que jamás miraba a nadie a los ojos. Inmediatamente sentí pena por ella: nada menos que un renacuajo como yo, en futura posición de paria de la tierra. Es que yo pensaba, entre mi inconsciencia adolescente y la pequeña seguridad en mí mismo que había logrado acuñar a pesar de los pesares, que lo mío sería transitorio: saldría de esa nebulosa entre pésimo alumno, trabajador sin cualificación e hijo trasto; yo soñaba para mí un tiempo lejos de la miseria constante y los vaivenes de una sociedad enferma. Me tenía fe, aunque fuera incomprensible en esos momentos. Pero esa chica de piel transparente por la que podría recorrerse todo su mapa sanguíneo, esa chica de mirada difusa y dolorosa con ese padre imposible, no tenía, creía yo, ninguna esperanza.

Convivían además en el esperpéntico local las ocho horas reglamentarias  –y todas las que el cretino del dueño conseguía robarnos-, otras cuatro personas que podrían muy bien haberse escapado del casting de una película de serie B.

Un hombre de edad indefinible, bajito y rechoncho que iba detrás de Sven, abrillantándole los zapatos con la lengua, dos hermanas en la cuarentena que llevaban en el negocio media vida, y un viejo doblado en dos por el peso de los años y una patología de columna que avanzaba hasta el infinito. Un panorama desolador que no me arredró en absoluto en el momento de postular mi persona para conformar uno más del elenco estable de aquel mundo cercano al disparate.

Recuerdo que Sven me miró de arriba abajo buscando mis defectos físicos más ocultos, me interrogó como si fuera un prisionero y finalmente aceptó que me quedara, que podría a prueba mi capacidad de hacerme con el trabajo.

Lo que sucedió a partir de ese momento ha sido tantas veces objeto de estudio y reflexión por mi parte, que en ocasiones no lo relaciono con mi persona: es como si alguien me lo hubiera contado con todo lujo de detalles y yo lo hubiera embolsado en la memoria del mismo modo.

La tienda quedaba en uno de los barrios más populosos de la ciudad, en una calle secundaria, escondida del mundo. Y fue ahí, en ese sitio infame donde hice mis pinitos de supervivencia mientras el país se emborrachaba de vergüenza.

Al parecer había sido contratado -por decirlo de algún modo-, para traer y llevar paquetes, entregar mercancía y realizar pequeños diligencias, pero a los pocos días de haber cruzado aquella puerta bordada de telarañas, yo era el individuo en el que todo el mundo descargaba sus urgencias y miserias.

Lo que me iba a pagar el roñoso de Sven era tan ridículo, que caminaba todos los días unas veinte cuadras[2], para que el uso del transporte público no convirtiera en ruinoso mi intento de apuntalar la deteriorada economía familiar. El panorama que se me presentaba era más que desolador pero, por un lado, el ultimátum de la gallega iba en serio, y por otro, no tenía tantas ganas de gastar las suelas de las deportivas que me había regalado el Beto en mi último cumpleaños, para seguir buscando más posibilidades que nada me garantizaba que pudieran ser mejores. Además, debo confesarlo, ahora que el tiempo ha barrido tantas cosas: ese sitio despertaba mi curiosidad, seguramente malsana, pero curiosidad al fin.

El negocio en sí era una especie de rastrillo monumental en el que venían a converger, por diferentes y múltiples caminos, objetos de todo tipo que podríamos clasificar como inclasificables. Antigüedades, cosas viejas, “trangalladas”, que diría la gallega; objetos que podrían haber manado de un vertedero, y otros de una delicadeza, un estilo y un valor, que merecían un escaparate más apropiado.

Lo verdaderamente insólito era la proliferación de cajas, paquetes y bolsas, conteniendo quien sabe qué objetos: “la Biblia y el calefón”, compartiendo cartel, en absoluta armonía.

Al principio, cuando regresaba exhausto y sudoroso de atravesar a pie la ciudad porque el infame de Sven no me soltaba dinero para mis desplazamientos, me acercaba de a poco a curiosear la actividad de los demás. Sven daba órdenes o pegaba cuatro gritos y aquel pequeño ejército de infortunados gestionaba su parte entre la mugre. Yo me pegaba a cualquiera de ellos  -hasta que el nazi descubría mi ausencia de su campo visual-, y exploraba cada día nuevas derivaciones de aquella empresa, como que infinidad de piezas provenían directamente de la basura (opulenta aún, en esa época). Muchas, tenían un origen directamente ilícito, que no era otro que el hurto por encargo, y algunas, procedían de los desgraciados que en las diez de últimas intentaban vender hasta el rosario de la primera comunión, infortunio que el bicho de Sven aprovechaba en su beneficio.

Con frecuencia aparecían por el negocio unos individuos absolutamente impresentables, muy parecidos a los que circulaban en los Ford Falcon sin chapa[3], que traían y llevaban paquetes, de los que creo que sólo Sven conocía su contenido.

En cuanto el viejo me mandaba para el sótano, a mover cajas que duplicaban mi tamaño y mi peso, yo aprovechaba para hurgar como una rata en todos los rincones, con el fin de sopesar -por simple curiosidad-, qué demonios albergaban todos aquellos asquerosos paquetes. Así comencé a entender, que, como en la vida, las cosas más infames podían coexistir con la maravilla: ni más ni menos que la condición humana.

Como en cualquier momento el nazi podía notar que estaba tardando más de la cuenta e incluso bajar a buscarme -y descubrir mis incursiones en sus tesoros-, debía moverme con la plasticidad de un jaguar y la habilidad del gran Houdini, cosas ambas que por suerte iba adquiriendo con el paso del tiempo, junto con una molesta pelusa que se empecinaba en crecerme en la barbilla y otras urgencias físicas de las que no creo oportuno hacer comentarios. Además, había días en que Sven salía a perpetrar sus propios chanchullos, y otros en los que, emocionado por las oportunidades de concretar productivos negocios, se olvidaba por completo de mi presencia cada más indiscreta y  peluda.

Así fui encontrando una legión de soldaditos de plomo, con sus cañones y su caballería, unos increíbles juegos de porcelana inglesa, a los que pese a faltarles algunas tapas a las teteras o azucareras, o no completar el número reglamentario de servicios, eran en sí un prodigio, que aún un ignorante como yo reconocería sólo por el tacto. Quimonos de seda llenos de moho bordados con finísimos hilos de oro, jarrones chinos delicadamente decorados, tapices de gobelino, copas de cristal de bohemia que producían música al chocarlas suavemente unas con otras, espejos biselados, esculturas de ébano o tallas en marfil, más o menos enteras… Ignoraba yo de que gen relegado me venía esta ansia chatarrera pero lo cierto es que vivía fascinado por aquellas maravillas que me eran reveladas cada día, al punto de que había perdido la aprensión a trabajar en ese sitio, a aguantar al ejército de desdichados, a las órdenes del nazi, y a lidiar con la marabunta no sólo de diligentes hormigas, sino de todos los bichos vivientes que podían subsistir a base de cartones y suciedad.

De modo que cuando Sven se descuidaba y los zombis se afanaban en sus minúsculas empresas, yo me tiraba al sótano como quien se sumerge en un cálido mar de aguas transparentes.

Una de mis primeras decisiones en los reinos del sótano fue ir separando, como quien dice, la paja del trigo, o sea, la porquería de lo bueno, que en eso también me estaba especializando. Así, fueron cambiando de domicilio los platos de la Royal Albert, los huevos –rotos- de Fabergé con sus soportes, las pequeñas tallas de Carrara y las marionetas de Indonesia, para compartir alojamiento en unas cajas limpias y prolijas, que yo iba recauchutando cada día.

A medida que me iba familiarizando con esos tesoros, mi cabeza volaba a otros lugares, aquellos en donde quién sabe qué personas los habían creado. Y además de no dejar de sorprenderme con cada pieza iba también, sin la menor intención, estragando  buena parte de sus muchos atributos. Por ejemplo, unas preciosas figuras femeninas de porcelana china con unas partes delicadísimas e ínfimas tales como dedos, manos, trenzas o abanicos fueron, por obra y gracia de mi absoluta torpeza, convirtiéndose en lisiadas. Pese a que ponía el mayor cuidado del mundo al desenvolverlas o liberarlas de sus cajas, alguna parte de ellas se quedaba en mis manos, más diestras con la pelota que con las antigüedades. Romper la primera fue realmente traumático: sopesé el ser honesto y decírselo al nazi, esconderla, o pegarla con ese nuevo adhesivo que con una gotita sujetaba un rebaño de merinas a la cordillera de los Andes. Opté por esto último comprando el susodicho producto con mis modestos ahorros e intenté, con toda la habilidad de la que disponía, pegarle los minúsculos deditos a la especie de geisha de porcelana, pero sólo conseguí adherir los míos a ella con una fuerza tan inusitada, que la que tuve que oponer para retirar mi mano dejó al descubierto mis dedos en carne viva. No había vuelta atrás, así que oculté el delito y seguí con los recados del día, hasta que la curiosidad y la inconsciencia me llevaron nuevamente a revolver las maravillas del sótano, y así una y otra vez, y sin la menor voluntad, me fui cargando partes y partes de incontables y, en ocasiones, valiosas piezas.

Afuera, quiero decir, en el mundo exterior, el clima apocalíptico iba creciendo imparablemente. Mi vieja cada vez estaba más preocupada por mi hermano, y las sirenas de los coches sin matrícula se habían apoderado de la ciudad –y del país-, como si  fuera su coto privado de caza. Una banda de paramilitares dejaba muertos a granel en los descampados y en las cunetas, el gobierno se mostraba cada vez más frágil, y yo persistía en romper, uno a uno, todos los objetos importantes de la tienda de los horrores.

Mi relación con el particular grupo de compañeros y el jefe no había cambiado demasiado, aunque debo decir que en buena medida era debido a mi responsabilidad: no hacía nada por congraciarme con ellos. El hombre bajito se había convertido en una especie de embajador ante los tipos rudos que aparecían, cada vez más a menudo con paquetes descomunales, y progresivamente con menor pudor e interés por disimular su procedencia. Incluso portaban las armas a la vista, con la impunidad que sólo podía darles el infinito terror que infundían.

Las hermanas se diluían en el espacio, subsumiéndose la una en la otra, incapaces ambas de enfrentar la vida fuera de esa atalaya engañosa.

El viejo estaba dando los últimos pasos de su desgraciada vida, de hecho, al poco tiempo de huir de allí me enteré por el vendedor de diarios, que se había ido de este mundo con la misma discreción con la que arrastraba cada mitad de su cuerpo hasta casi juntarse con la otra. Yo, con la malignidad propia de la juventud, me pregunté como habrían hecho para desbloquearlo y meterlo en una miserable caja de madera.

La hija del nazi me había mirado una vez y hasta llegué a imaginar que sonreía dejando ver unos horripilantes aparatos de rectificación dental, lo que me llevó a poner en duda mi teoría sobre su imposibilidad de redención.

El nazi, ese sí que no tenía la más mínima alternativa de cambio: cada vez se sentía más feliz e integrado con las estructuras del nuevo país que se urdía en los cuarteles. A pasos agigantados, y como si hubiera estado esperando toda su vida para ser espectador de los desgraciados acontecimientos que nos lloverían desde el mismo infierno, iba ganando empaque y seguridad, proclamando sin vergüenzas sus repugnantes ideas, festejando por adelantado la victoria de los suyos.

Cada vez que lo veía detrás del mostrador, con sus bigotes pegajosos y sus tirantes ridículos, me ensañaba con mayor tenacidad con las pocas piezas que iban quedando incólumes.

Ocasionalmente, todo ese engranaje sutil que había montado con tanto esmero estuvo a punto de irse al traste por la irrupción inoportuna de alguno de los empleados. En un par de oportunidades fue la hija del nazi, Zelda, se llamaba  –no podía tener un nombre más apropiado-, la que descendió tímidamente las escaleras del sótano, movida por la inquietud u obligada por su padre. Sus tremendas imposibilidades de establecer contactos normales con las personas o las cosas me dejaron a salvo, manteniendo mi secreto a buen resguardo. La muchacha de vidrio no era capaz de tocar nada que estuviera en el suelo sin ir corriendo a lavarse las manos hasta que casi le sangraban; probablemente tenía lo que hoy se conoce como síndrome obsesivo compulsivo  -nada extraño intuyendo la crianza que pudo haber tenido-, y por eso evitaba descender a aquel sitio en el que yo fabricaba mis tesoros, asomándose apenas desde la mitad de la escalera.

Otras veces, las hermanas bajaron alternativamente a decirme que el ogro requería mi presencia, pero tampoco profundizaron en las entrañas de mi territorio. Al viejo –Isaac–le resultaba imposible bajar las escaleras y Bruno, el hombrecito obsecuente, no consideraba de su incumbencia estos dominios; pero una vez bajó Sven y además acompañado de tres matones fornidos. Por suerte, enfilaron por otro de los pasillos a cuyos lados se apilaban las cajas, y yo pude ocultarme, casi sin respirar, detrás de un montículo situado en el sector en el que practicaba mi experimentación artística. Desde mi pequeño zulo pude oír una conversación tan inquietantemente macabra entre ellos, que para bien de mi salud mental he olvidado al punto de imaginarla parte de un mal sueño.

Para ese entonces, yo ya había hecho acopio de decenas de restos: manos y pies de porcelana, lanzas y espadas de metal, salvavidas y otros artilugios de madera, procedentes de los barcos de vela, trocitos aleatorios de cristal o loza, restos textiles de tapices hindúes que fui cortando con paciente mala uva, bellísimas rosas de la porcelana Capodimonte, en fin, un ingente arsenal de esquirlas de belleza que yo había destruido, primero sin intención, y luego con toda la saña de que era capaz mi mente adolescente.

Con ellos, uniendo y desuniendo, cortando, lijando, pintando, encastrando unos con otros, al principio sin orden ni concierto y luego con un sentido de la estética que me desconocía, armé cosas que yo llamaba descaradamente obras, y que constituyen el objeto de este recuerdo.

A fuerza de desplegar una paciencia de anacoreta y una habilidad de prestidigitador fui creando formas nuevas a partir de mis existencias de reliquias. Notaba que mejoraba  con cada nuevo emprendimiento, así como también me daba cuenta de que perdía, paulatinamente, el miedo a realizar esa actividad clandestina. En pocas semanas junté una discreta cantidad de piezas que me llenaban de orgullo y me reivindicaban, con una venganza sorda, frente a ese homínido descalificador que era mi jefe. Lo que hacía, en ese sótano mugriento, escondido entre cajas y manipulando la cultura con mi ignorante destreza, era toda una declaración de principios, que he tardado siglos en comprender.

Refugiaba mis obras en cajas de zapatos, con sumo cuidado para que no se rompieran y lamenté la imposibilidad de exponerlas al juicio ajeno, ya que en mi fuero interno sentía que eran todo un hallazgo.

El “descanso” estaba llegando a su final y debía prepararme para continuar mi malograda secundaria, cosa que el fondo e increíblemente, deseaba. Aquel agobiante verano daría paso a un otoño gris que desembocaría en un invierno interminable: un invierno que duraría una eternidad sangrienta.

Me preguntaba si podría rescatar mis criaturas de aquel lugar impropio antes de despedirme para siempre del estío, de la inocencia y de ese lugar que olía a muerte, o si la mejor de las venganzas posibles sería dejarlas allí (a la vista de todos), para que las entendieran -si podían-, que el mundo iba más allá de sus taradas ambiciones, cuando la realidad, que a veces se vuelve justiciera, volcó a mi favor esa partida. Al día siguiente de recibir mi magro finiquito, y cuando iba a decir adiós a aquellos engendros, un fuerte dispositivo militar impidió que me acercara a la tienda: unas horas antes había volado en pedacitos (aparentemente víctima de un atentado subversivo a un jerarca policial que vivía en el edificio contiguo). No pude enterarme de lo sucedido a mis ex compañeros o al nazi, porque los milicos impedían el paso a cualquiera que no formara parte de sus huestes, por lo que me mantuve a una prudencial separación, oyendo el ulular incesante de las ambulancias.

Al regresar, días más tarde, y ya que los diarios apenas mencionaron el “incidente”, pude valorar los efectos de la explosión, que había derrumbado parte de la estructura de la casa. El artefacto había sido colocado aparentemente en el edificio aledaño, pero por razones que desafiaban la lógica, la mayor parte de los destrozos tuvieron lugar en el nuestro. El vendedor de diarios me dijo que la bomba había estallado de madrugada, por lo que ninguno de los empleados había sufrido daños, excepto el dueño y otra gente con la que celebraba una reunión a muy altas horas de la noche, que volaron hasta alturas, que en vida jamás habrían alcanzado. Con ellos, y como un símbolo de justicia poética, se elevaron también mis pequeños errores subsanados.

Ese verano había descubierto cosas que cambiarían mi vida para siempre, cosas, cuyo sentido intento comprender desde entonces. Meses después, cuando todo fue irremisiblemente a peor, mi vieja me metió en un avión y me mandó para España con sus parientes. Aquí es donde vivo desde entonces, y pese al tiempo transcurrido, aún no he querido o no he podido regresar.

El Beto fue desaparecido como tantas miles de personas, durante los largos años de invierno, y como con muchos de ellos, jamás hemos vuelto a saber nada de su suerte; mi madre recorrió impenitentemente miles de despachos buscando una verdad y una justicia que nunca le llegaron: murió de un infarto  a los dos años, sin que ninguno de sus hijos estuviera a su lado.

Yo soy artista, podría decirse que de éxito. Mi trabajo consiste en deshacer piezas de todo tipo, antiguas o contemporáneas, compradas en los rastros de Europa, o rescatadas de su pródiga basura, y armar otras… otras que construyo con infinita paciencia y que luego hago volar por los aires en una ceremonia purificadora.

Luz Darriba, octubre 2010


[1] recados

[2]  En Sudamérica: calles

[3] En Argentina y Uruguay, matrícula.

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